¿Que es la Autoestima?
La
autoestima básicamente es un estado mental.
Es el sentimiento o concepto valorativo
(positivo o negativo) de nuestro ser, la cual
se aprende, cambia y la podemos mejorar
y se basa en todos los pensamientos,
sentimientos, sensaciones y experiencias que
sobre nosotros mismos hemos ido recogiendo,
asimilando e interiorizando durante nuestra
vida.
En
lo más profundo de nuestro ser existe una
imagen que nosotros hemos creado, aunque no
estemos plenamente conscientes de ello, que
refleja la idea que nosotros nos hemos forjado
de quienes somos como persona, y cuan valiosos
somos con respecto a otros. Se corresponda o
no con la realidad, esta imagen es nuestro
punto de referencia con respecto al mundo que
nos rodea, es nuestra base para tomar
decisiones, y es nuestra guía para todo lo
relacionado con nuestro diario gestionar en la
vida.
Es
a partir de los 5-6 años cuando empezamos a
formarnos un concepto de cómo nos ven
nuestros mayores (padres, maestros), compañeros,
amigos, etcétera. La autoestima es el núcleo
principal alrededor del cual orbita cada
aspecto de nuestras vidas.
Según
como se encuentre nuestra autoestima, ésta es
responsable de muchos fracasos y éxitos, ya
que estos están intrínsicamente ligados. Una autoestima adecuada, vinculada a un concepto positivo de
mí mismo, potenciara la capacidad de las
personas para desarrollar sus habilidades y
aumentará el nivel de seguridad personal, así
como también es la base de una salud mental y
física adecuada, mientras que una autoestima
baja enfocará a la persona hacia la derrota y
el fracaso.
La
persona, va creciendo y formando su
personalidad dentro del ambiente familiar, que
es el principal factor que influye en la
formación de la misma, ya que le incorpora a
ésta los valores, reglas y costumbres que a
veces suelen ser contraproducentes. Algunos de
los aspectos ya mencionados son incorporados,
a la familia, por medio del "modelo"
que la sociedad nos presenta, y éste es
asimilado por todos los grupos sociales. Pero,
la personalidad de cada uno, no sólo se forma
a través de la familia, sino también, con lo
que ésta cree que los demás piensan de ella
y con lo que piensa de sí misma, al salir de
este ambiente y relacionarse con personas de
otro grupo diferente.
Todos
tenemos en el interior sentimientos no
resueltos, aunque no siempre seamos
conscientes de ellos. Los sentimientos ocultos
de dolor suelen convertirse en enojo; y con el
tiempo volvemos el enojo contra nosotros
mismos dando un puntapié inicial a la depresión.
Estos sentimientos pueden asumir muchas
formas: odiarnos a nosotros mismos, ataques de
ansiedad, repentinos cambios de humor, culpa,
reacciones exageradas, hipersensibilidad,
encontrar el lado negativo en situaciones
positivas o sentirse impotente y
autodestructivo. Estos sentimientos son
entonces tóxicos para nuestro organismo.
Somos prisioneros de lo que no queremos
aceptar.
Comprender la influencia del medio familiar
en nosotros y aceptarla sin condenar nos
permite liberarnos y disfrutar de la vida.
Creer en nosotros mismos es el primer trabajo
para realizar. Creer que uno está antes que
el logro. Si uno no cree en uno mismo, nadie
lo hará.
Indudablemente nos preguntaremos el por qué
de nuestra existencia en el mundo, y tal vez
no nos centremos en la búsqueda de la
respuesta en sí, sino mas bien en la pregunta
misma. Si nos preguntamos el por qué, implícitamente
damos por descontado que la existencia tiene
un sentido, una finalidad, una meta.
Desconocida, atemorizante, ilusionadora, esa
finalidad se encuentra en un más allá en el
tiempo, en un futuro que siempre se nos
presenta incierto.
Considerar el tiempo como una variable
categorial de la existencia es uno de los
postulados de la psicología Humanistica. El
tiempo que nos limita y nos enfrenta con la
posibilidad del no ser, de la nada, de la
muerte. El tiempo que nos señala la
importancia del momento presente y la
labilidad del futuro, así como la presión
que en nosotros ejerce nuestra biografía.
Enfrentar el no ser nos confronta con nuestra
propia finitud, derribando las ideas de
omnipotencia y eternidad tan propias del ser
humano. No pensamos en la muerte propia como
una probabilidad, a menos que alguna
enfermedad médica así lo diagnostique, Y aún
así, el no ser se nos presenta ajeno.
Pero el no ser no es solo la finitud de la
existencia biológica en cuanto tal. Es también
el conformismo a lo pautado por los otros, el
acceder a la renuncia del ser propio y
ajustarnos a no ser, para convertirnos
definitivamente en seres inauténticos.
Desde la inautenticidad se originan los
mayores sufrimientos, las enfermedades psicológicas,
la depresión, las neurosis, y ciertos rasgos
que pueden no llegar a ser patológicos pero
constituyen una fuente de insatisfacciones y
de dolor: timidez, baja autoestima, vergüenza,
temores, trastornos psicosomáticos.
La Psicología Humanística se basa en la
fuerte creencia de la existencia de una
naturaleza positiva de los seres humanos que
dan una perspectiva terapéutica favorable a
sus sufrimientos. La teoría de la
personalidad de Rogers lo resume: "el
hombre es un organismo digno de confianza.(
1977). Este organismo apunta a desarrollar sus
capacidades moviéndose hacia la autonomía.
Esta orientación está presente en todos los
seres vivos, y aunque la tendencia a la
actualización se pueda suprimir no puede
nunca destruírse sin la destrucción del
organismo.. Cada persona tiene en sí el
mandato de satisfacer su potencial, por lo que
la tendencia a la autorrealización es
inherente a la condición humana.
Pero...qué es lo que lleva a una
persona al sentimiento de minusvalía
existencial? Qué lleva a lo que llamamos
"baja autoestima"?
Las respuestas pueden brindarse desde
diferentes marcos referenciales.
Consideraremos desde aquí el aporte de los
psicólogos humanistas cuya visión nos acerca
a la vivencia personal de los existenciarios básicos:
temporalidad, espacialidad,
corporalidad, causalidad. De modo tal
podemos observar que quien experimenta baja
autoestima suele ser un ser que no tiene plena
confianza en las posibilidades propias, bien
sea por experiencias que así se lo han hecho
sentir, o por la respuesta especular de sus
otros significativos, es decir, de las
personas importantes en la vida del sujeto que
mediante mensajes de confirmación o
desconfirmación refuerzan el sí mismo o lo
denigran.
Los mensajes que recibimos desde pequeños
se hacen carne. Nuestro sí mismo se va
conformando por lo que los demás piensan que
soy ( y que me lo transmiten mediante palabras
y actitudes), lo que yo creo que los demás
piensan que soy ( que implica la elaboración
subjetiva de tales mensajes) y lo que en
realidad yo mismo creo que soy ( se instaura
aquí una perspectiva personal que está en
estrecha vinculación con las anteriores).
Ya desde el nombre que se nos impone se
forja un concepto social de quienes somos.
Nuestro nombre se identifica con quienes somos
de modo inseparable, para los otros y para
nosotros mismos. El ser humano es un ser
altamente simbólico, y nuestras reacciones
intersubjetivas están en función del
intercambio comunicacional ( no solo del
lenguaje verbal sino también del analógico).
Cuando afirmamos nuestra identidad lo hacemos
ante nosotros y ante los demás, y muchas
veces hay un hiato entre la identidad social y
la personal que se expresa en un mal-estar, en
una mutación del Dasein ( el existir de la
persona) que el terapeuta debe comprender y la
realidad con la que ha de empatizar para su
función psicoterapéutica. El sujeto es un
sujeto activo, un sujeto en busca de la
autonomía, de la libertad. Hacerse cargo de
la realidad también implica hacerse cargo de
la propia realidad que se quiere ser. La
personalidad se va haciendo, deshaciendo e
incluso rehaciendo.
El yo es una relación consigo mismo, pero
la mismidad de esta relación sería una ficción
si no fuera originariamente una relación con
las cosas y con los otros yo. No existe una
autopercepción puramente psíquica porque la
comprensión de nosotros mismos, de nuestros
actos e intenciones acontecen en la medida que
el ambiente nos suministra los temas y
preocupaciones. "Las
manifestaciones de la vida psíquica deben ser
examinadas como reveladoras de modos
esenciales de existir y proyectar un mundo.
Cada enfermedad es específica y cada caso
tiene su particularidad en virtud de la
condición y libertad de paciente"(
Jaspers).
Y del mismo modo que
somos-con-nuestro-nombre, que es parte misma
de nuestra identidad,
somos-con-nuestro-cuerpo. Desde el
Existencialismo vemos el cuerpo como lo que
aparece, como el fenómeno. Es un cuerpo que
aparece ante alguien y ante alguien se
manifiesta, lo que le da categoría de
existencia en la realidad objetiva. Pero además
ese fenómeno que existe en sí, existe para sí
y eso nos remite a una relación con la propia
corporalidad que no se da de manera totalmente
conciente. Hay regiones del ser que permanecen
opacas al sí mismo, porque el ser está
aislado de su ser.
Cuando hablamos de cuerpo nos referimos a
algo concreto, al cuerpo del hombre, hablamos
del hombre en el mundo y de la unión específica
del hombre con el mundo, lo que Heidegger llamó
ser-en-el-mundo. Hablar del
hombre es referirnos siempre a la relación
con el mundo, a lo que llamamos :"dasein".
Dasein nos ofrece una visión única, del
hombre concreto en el mundo, pero además de
este hombre especial y único ( Juan, María,
niño, joven, adulto, anciano, alto, flaco,
obeso, argentino o ecuatoriano). Cada
subjetividad única y distinta de todas es un
ser-en-el-mundo y cada dasein se instaura en
una relación con Su mundo. En esa relación
podemos instalar el sentimiento de minusvalía
existencial.
La baja autoestima se relaciona también
con la vivencia del tiempo. Cronos nos
recuerda que el fin puede estar cerca y puede
tornarse persecutorio. Así el tiempo vivido
con la intensidad del presente nos categoriza
al existente como ser que habita un tiempo
personal: un beso, hacer el amor, festejar un
gol, asistir a un culto religioso nos permite
salirnos momentaneamente del cronos
compartido, pero inevitablemente volvemos a él.
Y nuestra percepción del tiempo es tan
personal y subjetiva que puede no coincidir
con la de los otros. Tiempo compartido, tiempo
privado. Según la valorización de uno u de
otro nos sentiremos mas o menos adecuados al
Mitwel o co- mundo enunciado por los
existencialistas. Y al igual que somos cuerpo,
también somos tiempo. No estamos en él, sino
que somos él.
El espacio vivido es otra categoría a
revisar. Nuestro cuerpo nos permite asociarnos
con otros desde lo sensorial a lo afectivo más
profundo, desde la mirada hasta la fusión mas
orgásmica en la que se pierde el sentido de
ser. En el espacio el cuerpo se experimenta,
no excluye la palabra sino que la integra en
la carga afectiva de la vivencia.
Tenemos ahora ciertos elementos para
considerar: Un cuerpo que es causa y efecto de
nuestras propias experiencias, que se
relacionan directamente con dimensiones,
intensidades y matices de la corporalidad. Un
cuerpo que es vivenciado de manera diferente
según las etapas evolutivas por las que
atravesamos y que se somete a cambios
constantes. Un cuerpo que se recicla en un ser
que está "siendo" proporcionando
dolor, placer, que habla, que calla, que
oculta, y que da cuenta del tiempo vivido. Esa
es la esencia primera del ser: está en
devenir.
Cómo vivenciamos este complejo y único
ser que somos?. Como capaz de llegar a ser, es
decir, con un proyecto, con posibilidades, con
objetivos a cumplir? Cómo un ser incapaz,
imposibilitado, vulnerable?. Esta última
pregunta es la que haríamos a quien se siente
poca cosa, poco ser, poco existente, poco
devenir, poca persona. La propia desvalorización
es producto, entre otros, de la comparación
con los otros. Percibimos al otro en la
plenitud de sus atributos y me comparo con él.
Pierdo en esa comparación. Me siento en
inferioridad de condiciones. Mi cuerpo es
diferente, es feo, no cumple con lo estipulado
por la sociedad, soy obeso o extremadamente
delgado, o tal vez mi estatura no es la
adecuada a los cánones sociales vigentes. Mi
cabello es rizado o lacio, mi nariz es
prominente o muy pequeña. No llego a
comprender que todos somos diferentes, únicos,
irrepetibles. Tengo una discapacidad física,
o psicológica. No llego a los rendimientos
que otros alcanzan. Me considero menos que
otros, en inferioridad de condiciones. Mi ser
es vulnerable ante un mundo que se me presenta
hostil, avasallante, grandioso. Mi existencia
no encuentra una finalidad, un sentido, y me
siento incapaz de otorgárselo. Mis seres
significativos me descalifican y mi existencia
se reduce a la de un ser casi sin ser.
En definitiva, nuestras categorías se
desarrollan en la trama evolutiva de nuestra
vida, ligadas a nuestra experiencia social y
personal , y a las tecnologías con las que
convivimos. Se nos ofrecen perspectivas
variadas y disponemos de la libertad para
optar, haciéndonos responsables del lugar
desde el cual elegimos. Cuando nuestra
libertad se encuentra acotada por la
inseguridad en nosotros mismos, es el momento
de pedir ayuda. Debemos ser conscientes de que
tenemos posibilidades a descubrir, y cuando
solos no podemos, hemos de recurrir a quien
nos pueda acompañar en el camino de
fortalecimiento de la autoestima, a quien nos
ayude a ver con otros ojos el ser que somos y
el que hemos de ser, que nos acompañe en este
ser siendo que es inherente a la naturaleza
humana . Llegar a habitarnos en cuanto a
corporalidad inserta en el mundo reconociendo
las limitaciones pero sin descuidar las
posibilidades. Tal es la propuesta de la terapéutica
existencial. La angustia nos remite a la
fragilidad del sujeto en cuanto a incapacidad
de ejercer sobre su propio cuerpo cualquier
poder de sujeto parlante. El angustiado pierde
distancia respecto del cuerpo del otro y
deviene una corporeidad expuesta a su mirada.
El angustiado canaliza en el cuerpo el afecto
incontrolado, rompe la discursividad y es
sentida por el terapeuta como especularmente .
Quien padece baja autoestima suele
desarrollar un "falso self" que lo
protege ilusoriamente de la confusión y
desorientación que le provoca la vergüenza
internalizada. Al sentirse incapaz y
desvalorizado empieza a encubrir lo que
verdaderamente siente como estrategia. Esta máscara
con la que se presenta al mundo puede tomar
diferentes formas por las que esta persona
reclama, demanda, de manera insatisfecha, un
reconocimiento del otro. Este círculo vicioso
en el que se encuentra el ser fue descripto
por R. Laing: "Me parece que tu sabes qué
es lo que yo debería saber, pero no puedes
decirme qué es porque no sabes que no sé lo
que es. Tal vez tu sepas lo que yo no sé,
pero no sabes que yo no lo sé, y no puedo decírtelo.
Así es que tendrás que decírmelo
todo".
Damos por sentado que el otro sabe qué es
lo que necesito, y así se generan los malos
entendidos en la relación con los otros
significativos.: todo ha sido por mi culpa, ya
no me quiere más, de seguro ya no me desea.
Evitaríamos mucho sufrimiento si en vez de
suponer pudiésemos preguntar y hablar. Pero
se teme a la respuesta. Y por miedo a no ser
queridos nos sometemos a la más terrible de
las soledades: la soledad estando acompañados.
Entonces encubrimos nuestra angustia y nuestro
ser desvalido con la máscara de
autosuficiente, de fuerte, de inteligente, de
fracasado, de violento, de insaciable.
Cuando logramos conectarnos con nuestra
propia fortaleza, (y en general suele lograrse
mediante psicoterapia), aplastada bajo un cúmulo
de máscaras y mandatos, atravesamos el miedo
a enfrentarnos con nuestro propio deseo y
empezamos a conducirnos de modo diferente. No
peleamos más con nosotros mismos, nos
animamos a cuestionar mandatos y creencias,
nos arrancamos las máscaras...Empezamos la
sanación.
Ps. y Prof. Liliana Villagra
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